Eran las once de la noche y las calles de Vallegrande estaban desiertas. Nadie ajeno al lugar hubiera sospechado que era la víspera de la fiesta mayor. Por las contras de algunas ventanas se filtraban tímidos rayos de luz de bombillas de baja potencia, que apenas servían para iluminar la pedregosa calle principal, donde se alineaban, intermitentes, huertas y edificios de escaso porte.
Los escasos caminantes que de vez en cuando avanzaban por la calle se guiaban más por su memoria que por la vista. Aún así, a veces se producía algún tropiezo que precedía a una sonora blasfemia.
En Vallegrande había unas sesenta casas, incluidas las del cura y de la maestra, una vieja solterona, rechoncha, que habitaba con una criada también entrada en años y carnes...